En tiempos de Franco no se podía hablar... ¿y ahora?

 
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No es cuestión de centrar el discurso en un tema determinado. Baste con lanzar una mirada rasante por el panorama político y social del país para descubrir que los problemas acechan e incluso comienzan a devorarnos mientras empleamos el tiempo o la tiempa en detalles absurdos de nuestra artificial cotidianeidad.

La clase dirigente política ha desarrollado la habilidad de discutir temas defendiendo idénticas posturas, esto es, dándose unos a otros la razón. Es como decir el uno que algo es blanco y replicar el otro que no, que, si acaso, es blanco. Digamos que así justifican el sueldo, a aun peor, su incapacidad.

El pueblo, por otro lado duerme. Una población inculta, embrutecida, empobrecida espiritualmente, vacía, sin fe, sin valores positivos, sin autocontrol de su propia existencia a nivel ya individual es, dicha población, manejable. La masa social está dispuesta a ser estúpida si descubre que está de moda, que es lo que se lleva. Aun así se empieza a despertar un discreto matiz instintivo en nuestro comportamiento civilizado occidental. El español se interesa por algo que acaba de arrojar a la basura si descubre que alguien lo va a coger. De seguir así llegará el día en que ni siquiera nuestro trasero decida lo que es desecho. ¡Perdón¡

El problema. No es aquel que nos presenta los medios informativos, es decir, piense que cuando el sistema permite que una situación de determinada gravedad sea de dominio público quiere decir que o no es tan grave o es una estrategia de despiste. Los verdaderos asuntos serios, graves, delicados, peligrosos, no se cuentan, esos se ocultan, no vaya a ser que nos despertemos. Entre medalla y medalla se pudre el ecosistema, desaparece España, todo vale, todo es relativo, presunto, nacen cientos de nuevos pobres, nuevos delincuentes, nuevos reos inocentes, nostálgicos quitan y ponen estatuas, desaparece el tesoro del pueblo, se deja morir al viejo, y al que aún no ha nacido, respiramos contaminación, enterramos a los cancerosos, nuestros cachorros se vuelven violentos, no hay quien los eduque. Entre gol y gol pasan los submarinos con material nuclear, los que mandan, que no son los que creemos, venden la piel del pueblo y hasta su alma, nos invaden, nos niegan el techo, nos zamarrean boca abajo para ver si queda alguna moneda en los bolsillos, esparcen virus y venden vacunas, venden veneno y nos hacen creer que sólo el tabaco y el alcohol lo son. Entre show y show llega el negro, el amarillo, el colorao y el morao, el porro es hasta sano, hay que esconderse para persignarse, hay que venerar a Alá, se cierra la escuela, se monta la mezquita, genocidio por el control del petróleo, del opio, ojos azules contra ojos marrones, mujeres muertas, el macho siempre culpable, todo el mundo vota, fascismo de derechas y de izquierdas, buenísimo de centro, y "pa dentro".

No es cuestión de sacar una conclusión para terminar con forma y criterio. En realidad no es cuestión de nada. Habrá que resignarse a dejar que se cumpla el dichoso ciclo para seguir siendo tan felices.

Ocurre que no podemos llamar las cosas por su nombre, efectivamente, pero lo triste es que no es un caso de represión, si no de ignorancia, de falta de conocimiento, de Cultura, de educación.

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